En el suroeste de Francia, Borgoña y muchas zonas de España se utilizan las propiedades del roble nuevo para los vinos tintos y en menor medida los blancos. Por el contrario, en otras regiones también muy tradicionales -como Oporto, Jerez o Champagne- evitan el contacto del vino con la madera nueva.
 
Sea como fuere, la madera respira y deja pasar un poco de aire, por lo que puede contribuir a una mejor maduración del vino y a desarrollar su capacidad de envejecimiento.
 
Hay que tener en consideración tres variables: el tamaño de la barrica, su edad y el origen (y tipo) de madera con el que está fabricada.

Sin embargo, la estructura molecular del roble que conforma sus células varía según el origen. Así, los vinificadores distinguen el grano cerrado o grano suelto, que depende de su crecimiento, y por tanto, del bosque de donde proviene.

Los robles que crecen lentamente -como los de la zona de Berry (Francia)- dan a la madera un grano cerrado. Esta característica no solo afecta a su permeabilidad al aire, sino también a sus componentes fenólicos (de la madera), más finos, motivados en parte porque el árbol crece más en primavera que en verano.

Los polifenoles contenidos en las células del roble son los aportes aromáticos que se buscan para ciertos vinos. En la actualidad se han identificado más de 60, y 18 fenoles diferentes, de los cuales el más importante es el tanino. No obstante, los taninos de la madera de la barrica son diferentes a los taninos de la madera de las pepitas, los hollejos y escobajos de las uvas. Los taninos de las barricas aumentan en mayor grado la astringencia del vino, suavizan su acidez y refuerzan su estructura.